En las vacaciones de 1996 mi papá, que no fue nunca un lector pleno, que no era amante de los libros ni de la literatura, me regaló un libro de Alfonsina Storni, mi primer libro de verano.

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«Tengo por Mar del Plata una pasión física tremebunda. La parte animal de mi persona se entiende de mil maravillas con este clima, con esta tierra y con todo cuando crece en ella. Adoro estas playas kilométricas que mis pies conocen íntimamente, pues hace años las recorro descalza. Me sé de memoria la forma de todas sus rocas…”

Victoria Ocampo

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Doble ciudadanía digo que tengo. Aunque el término sirva para enlazarse con algún país europeo, yo lo uso con ella, con Mar del Plata. La ciudad que fue destino de descanso durante mi infancia y en donde hoy en día vuelvo a encontrarme con una parte de mí que vive sobre la arena de sus inmensas playas.

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Por Esdian
Foto superior: Silvia Demetilla

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Mi familia conserva un departamento detenido en el tiempo en el edificio más alto de la ciudad, y desde el balcón, además de tener una vista panorámica envidiable, puedo volver en el tiempo a cualquier momento y vivirlo como si fuera la primera vez.

En las vacaciones de 1996 mi papá que no fue nunca un lector pleno, que no era amante de los libros ni de la literatura, me regaló un libro de Alfonsina Storni, mi primer libro de verano.

Aquel año, llegamos pasado el mediodía, era diciembre. A mi viejo le gustaba salir temprano para agarrar la autopista despejada y viajar tranquilo. Manejaba un Ford Falcon blanco modelo 88. Hacíamos una sola parada en Atalaya, cargaba el termo, con mis hermanos íbamos al baño y a ver cadenitas o pulseritas hechas de hilo, mi mamá compraba medialunas y listo a seguir viaje. 

Entrar en la ciudad era una especie de ritual para él.  Ya se preparaba en el último tramo de la Ruta 2 para empezar a repetirnos las mismas frases de todos los años. “Acá está el aeropuerto, acá la Fábrica de los alfajores…” y así con cualquier edificación autóctona que reconociera. Sin embargo, ese año entre mate y mate que intercambiaba con mi mamá y con tango de fondo, señaló por primera vez una estatua junto a la playa y con el mismo tono que comentó: “Allá están los lobos marinos”, dijo, al ver una especie de piedra incrustada en la pared: “Acá se suicidó la escritora Alfonsina… ¿Cómo era el apellido…? Storni, sí, sí, Alfonsina Storni”. Saluden, nos dijo a mí y a mis hermanos, porque esa era la propuesta de nuestro guía al volante.  Alrededor de la estatua, había una rotonda, que mi papá circuló más de una vez, porque si bien éramos asiduos visitantes de la ciudad, no dejábamos de ser turistas porteños. Me sirvió para verla varias veces pero, para saludarla, solo una.

Como era información nueva, comencé a llenarlos de preguntas sobre la supuesta escritora que se había metido en el mar sin saber cómo salir.

Mi papá usó la historia para vincularla con la banderita roja y para repetirnos que había que tener cuidado con el mar, en cambio, mi mamá, que si bien no sabía mucho de la vida de Alfonsina y que lo miraba a mi viejo con una mirada inquisidora por la información que me había dado, me dijo la verdad, que la escritora no quería vivir más y que se había metido en el mar preparada para no volver. Como un viaje, pero diferente. 

A mí no me gustaba mucho la playa ni el sol, nunca armaba castillitos, a veces mi papá me ayudaba cuando veía que otras familias lo hacían, pero los nuestros quedaban más parecidos a los playones de estacionamiento. Odiaba tener que pasar todo el día entre reposeras, heladeras de viaje, y alimentándome a base de choclo y churros (bueno, quizás estos no me disgustaban tanto). Tampoco era muy entusiasta con los paseos y salidas que me proponían, todo me parecía aburrido. Pero desde que había escuchado la historia de Alfonsina, mi relación con el mar, había empezado a cambiar.

Mi papá utilizó entonces como recurso para llevarme de acá para allá, a la escritora en cuestión. “Acá Alfonsina, comía rabas”, me decía mi viejo para llevarme a comer al puerto. “Acá Alfonsina, remojaba las patas”, me decía cuando la única playa disponible era la de “Las Toscas”, donde el agua te llega hasta los tobillos y vacacionan todos los viejitos marplateneses.

Varias semanas duró la pantomima, hasta que una tarde, paseando por la peatonal, lo vi. Mientras mi familia hacía la fila para comprar algodón de azúcar, lo vi en una vidriera, era un libro de Alfonsina: Obras Completas. Tomo 1. Poesías.
Me fijé en la billetera que acababa de estrenar ese verano con una tarjeta de Sacoa y caracoles que eran la moneda de curso legal para jugar con mi hermano, pero fuera del círculo familiar no servían de nada. El librero no iba a aceptarlos como forma de pago… Busqué a mi mamá que estaba a una persona de distancia de conseguir tres algodones de azúcar y dos manzanas acarameladas. Le pedí que saliera de la fila, que había visto algo importante, el libro de Alfonsina y quería comprarlo. Ella, más inmóvil que la misma estatua de La Perla, no abandonó su lugar en la fila y me preguntó, si quería algodón o manzana, que ya le tocaba el turno. La miré desconcertada, y traté de localizar a mi papá que estaba muy atento observando cómo un muchacho pintaba un cuadro con aerosol en donde las pirámides de Egipto se chocaban con el escudo de Boca y con una selva tropical. Me acerqué, él me agarró de la mano y señalándome el cuadro me preguntó si lo quería para mi pieza. De todas las cosas horribles que me habían ofrecido ese verano, creo que esa era la peor. Le dije que había visto un libro de Alfonsina Storni y que quería comprarlo.
Mi papá localizó la librería, la peatonal ya se había llenado de gente, de Power Rangers disfrazados pidiendo dinero a cambio de fotos y de uniformados merodeando. Me respondió: «Hoy no, ya nos vamos».

En el camino de regreso, mi hermana y mi hermano, volvían disfrutando su algodón de azúcar, y mis viejos las manzanas. Yo lo había dejado caer, estaba indignada.  Mi mamá me había retado y echado en cara los minutos que perdió de su vida en la fila y los pesos que había gastado.

Después de unas semanas, cuando las vacaciones se terminaron y ya estábamos emprendiendo la vuelta, abandonando la ciudad para visitarla el año próximo, mi papá bajó a cargar nafta y a comprar un cassette de Antonio Ríos, porque, según él, nos iba a alegrar el camino de regreso. Tenía que negociar la música con mi mamá, porque a la ida nos había enchufado tango. A la vuelta si musicalizaba mi vieja, nos enchufaba el último de Andrea Bocelli. Con Antonío Ríos ganábamos todos. Mi mamá, por su parte, quería comprar algunos recuerdos para llevarle a mis tíos y abuelos y estaba encandilada con los delfines y las vírgenes atrapadas en caracoles que cambiaban de color según el clima. Al rato, aparecieron ambos, ella cargada de paquetitos y collares de caracoles y mi papá con cajas de alfajores. Solía comprarnos una caja a cada uno, a mi hermano de alfajores de chocolate, a mi hermana surtidos de dulce de leche y a mí, solo de fruta.

Pero cuando me dio la caja, no tenía el mismo formato que las demás.

—¿Era ese, no?, me preguntó esperando un sí como respuesta. 

—Si son de fruta, me van a gustar, le respondí.

—Abrilo,  me dijo muy serio.

Cuando saqué el paquete de la bolsa, era el libro. Lo miré y le dije gracias. Mi papá me dijo que lo cuidara porque había salido una fortuna. “Valía lo mismo que dos cajas de alfajores”, dijo en tono de economista hogareño para que entendiera el valor del ejemplar.

El auto se puso en marcha y emprendimos la vuelta a casa. Al salir de la ciudad, pasamos por la estatua de Alfonsina, y mi viejo que ya estaba otra vez en su faceta de guía de turismo: despidió a la ciudad, “Chau Mar del Plata, chau Alfonsina”, dijo señalando la figura.

Antonio Ríos ya había entonado los primeros: «Nunca me faltes…» de su hit noventoso y yo, mientras tanto en el asiento trasero, abría el libro por primera vez y me llevaba a casa un pedazo de la ciudad y de su historia a casa.

Esdian
Silvia Demetilla


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