Produzcamos, produzcamos, produzcamos. Vendamos mucho, ganemos aún más que mucho, salgamos en la primera plana de todo lo que tenga primera plana, aseguremos tantos followers como Marquitos Zuckerberg nos lo permita. Que se note que sabemos, que tenemos con qué, que siempre salimos peinados y con la camisa sin arrugas, que a nosotros no se nos escapa la perdiz, y por sobre todas las cosas, que a nuestro nombre siempre le crezca alrededor una marquesina de luces LED.

Sean bienvenidos, tiernos humanos, al mandato de éxito con el que miles de hombres y mujeres hemos crecido en Occidente: el mandato de producir para sentirnos exitosos.

Palabras e Imágenes: Natalia Sarro

Es llamativa la cantidad de personas que cuando confiesan no sentirse apasionadas en sus vidas y trabajos, lo que en el fondo están denunciando es: “ya no tengo ganas de producir esto que produzco”. O “me siento presionado a seguir produciendo lo mismo de siempre, pero la realidad es que ya no estoy ahí”.

Si la búsqueda obsesiva de tus pasiones te tiene trabado, te propongo que hagas espacio para esta otra pregunta:

¿Cuándo dejaste de sentirte productivo, alineado y en paz con vos mismo?

Es que si vamos a hablar de pasión, hace falta meternos también con nuestras creencias arraigadas de éxito, rendimiento y productividad. Y con nuestra (tan) humana insistencia en no soltarlas.

¿Cuándo fue la última vez que revisaste todo lo que siempre imaginaste que significaba ser “exitoso”? 

Eso que observaste en tus padres (no sólo lo que ellos te decían explícitamente, sino lo que aprendías en silencio, mirándolos). Lo que leíste en los libros de la escuela. O las conductas que premia tu empresa con un rimbombante bonus a fin de año. ¿Qué cosas te hacían sentir exitoso a los 15? ¿Y a los 25? ¿Y ahora, que el espejo te delata alguna que otra arruga sexy a orillas de los ojos?

No sé vos, pero mis intereses y gustos cambian sistemáticamente cada dos o tres años. Y con cada cambio, lo que me hace sentir exitosa cambia también. ¿Muy abstracto? Intento bajarlo a un ejemplo más claro:

Yo me acuerdo que la Naty universitaria de los 20 andaba fascinadísima con la idea de trabajar en el área de Entrenamiento de Líderes en una gran empresa aeronáutica y aprender de gente bien Senior y talentosa en lo suyo.   Entonces produjo una pasantía en Alemania que le enseñó disciplina, rigurosidad y aspirar a cosas grandes.

Pero el tiempo pasó.

Y la Naty de los 24 prefirió lanzarse con una mochila por Oceanía y el sudeste asiático, juntar kiwis, chocar autos, dormir en barcos bajo las estrellas y dejarse cuidar por extraños en un país tan paradisíaco como desconocido. Lo que produjo fue un enamoramiento por otras culturas y un círculo de amigos dispersos en todos los continentes.

Ya algo más madura, la Naty de los 25 se entusiasmó con abrirse camino como emprendedora, buscarse becas, absorber todo libro sobre Comunicación Intercultural e imaginarse una vida free lance, mientras ojeaba con temor una cuenta bancaria que tocaba fondo todos los meses. Lo que produjo fue templanza en la incertidumbre y confianza incondicional en sí misma.

Hace poco, la reciente Naty de los 31 descubrió que afuera había un mundo que le dolía. Y para ayudarlo, había que ensuciarse las manos.  Entonces partió lejos de la comodidad de su propio ombligo citadino, cuidó guanacos en una reserva patagónica y devolvió al mar tortugas marinas cuyas panzas habían estado llenas de plásticos y desechos.  Lo que produjo, claro está, es una conciencia ampliada que ahora incluía el amor por todo lo que vive y late. 

Mirando hacia atrás, fueron mis pasiones, —y no yo—, las que me abrieron camino, incluso a pesar de mis propios miedos. Los años comprendidos entre mis 20 y mis 30 fueron tan duros como maravillosos. No porque la vida me haya traído nuevos desafíos —si hay algo de lo que la vida es que siempre se va a encargar es de marearnos—,  sino porque yo fui la primera en hacerme difícil la inevitable mudanza de piel.

Entonces, si lo que nos hizo sentir plenos y productivos ayer, es bien diferente a lo que nos llena de sentido hoy. Por ejemplo:

¿Qué hacemos aferrados a una casa en la que ya no vivimos?

¿Por qué nos obsesionamos en producir y (re)producir trabajos, relaciones o emociones que huelen a rancio?

Creo que ahí reside el gran malentendido de la pasión.

 

A medida que envejecemos, seguimos siendo esencialmente los mismos, pero lo que nos despierta maravilla y asombro tiende a cambiar. Por suerte somos eso: ciclos, transformación, evolución. Cualquiera que mira los ritmos de la naturaleza lo nota. Nos movemos suavemente del invierno a la primavera, de la primavera al verano…. Los humanos somos parte de ese devenir natural y cíclico. Pero muchas veces insistimos en aferrarnos a la hoja seca, aún cuando ya le llegó su otoño y necesita caer. Quizás, con nuestras pasiones suceda lo mismo. Lo que buscamos, ya nos busca, pero estamos demasiado ocupados alimentando proyectos  e ideales viejos y por eso no las escuchamos, aunque nos griten en la cara.

Si le damos rienda suelta a nuestra curiosidad —una fuerza poderosa e ilógica que rara vez pide permiso—, en una de esas nos permitiremos explorar lugares, trabajos y personas que necesitan llegar a nuestra vida ahora. Hasta el punto de que el peor de nuestros jefes o el más despiadado amor no correspondido puedan convertirse en nuestros mejores maestros.

Y si (nos) exploramos, aprendemos.

Y si aprendemos, surgirán matices insospechados de nosotros mismos: daremos con una versión ampliada de nuestro viejo Yo —con más kilómetros, más cicatrices, y también con mejor capacidad de curarse—.

Y si hemos devenido en un Yo más grande, no es raro: ahora podremos producir cosas nuevas. Porque esencialmente, no somos lo que producimos, sino que producimos lo que somos.

Entonces, yo voto por la auto-compasión bien entendida. Démosle sus merecidas vacaciones al Buscador Interno. Dejemos de perseguir la pasión con la furia del cazador obsesionado por la presa. Y de a ratos, descansemos en la confianza de que la curiosidad y el asombro nos van a encontrar a nosotros, si por fin dejamos de huir desesperadamente de ellas.   ¿Viste como cuando aparecen las malditas llaves sólo cuando dejaste de buscarlas? Bueno, algo así.

En definitiva, para mí el punto es:

Permitámonos cambiar en paz. Mudemos de piel, de gustos, de paisajes, de libros, y que esos mismos intereses nos lleven por territorios de nuestra mente que jamás habíamos imaginado. Tiremos por la borda las definiciones encorsetadas de éxito que alguna vez nos sirvieron, pero ya no. Tejamos esa aceptación profunda alrededor del que somos:  alguien que no siempre sabe bien a dónde va, pero que está intentando.  

No creo que estemos rotos cuando la pregunta por el sentido nos desborda el alma.  Tan solo estamos confundidos, guiándonos por faros que nos llevan a puertos viejos.  No achiquemos nuestros barcos para encajar. Somos grandes y merecemos segur siéndolo.

Entonces, mi llamado es a que produzcamos ideas que se parezcan al que ya somos, no a quien se supone que deberíamos ser si tuviéramos todas las vacas perfectamente atadas.Unámonos a proyectos locos. Sostengamos causas chiquitas. Dudemos. Seamos inconsistentes cada tanto. Erremos. Pero erremos pronto, para cambiar de norte y no perder el tiempo, que si hay algo que a nadie le sobra son horas.

Por último, te comparto las palabras políticamente incorrectas de Mark Manson cuando habla de todo este asunto de buscar la pasión. Él dice: “La queja común de mucha gente es que necesitan encontrar su pasión. Todo mentiras.Ya encontraste tu pasión, sólo que la estás ignorando. O sea, llevás despierto 16 horas al día. ¿Qué carajo estás haciendo con tu tiempo?.  

Y por si queda alguna duda, agrega:

El problema no es la falta de pasión. Nunca lo es. El problema son las prioridades.

Natalia Sarro:  Psicóloga Intercultural,  Coach  y nómada digital.  Nació en Argentina y viaja por el mundo desde que puede.  No sobrevive sin sus tres amores: los libros, el mate y el mar. @nataliasarro