La escritora argentina Ariana Harwicz, que vive en Francia desde el año 2007, ha sido traducida a más de diez idiomas y acaba de publicar su cuarta novela, Degenerado (Anagrama).

Comparada con Nathalie Sarraute y Virginia Woolf, Ariana Harwicz es una de las voces radicales de la literatura contemporánea argentina. Es autora de La débil mental, Precoz y Matate, amor, Premio al Mejor Libro del Año de La Nación y nominada, en su traducción al inglés, Die, My Love (Charco Press), a los Premios Republic of Consciousness y Man Booker International 2018.

Entrevista Mientrasleo | Edición impresa
Foto Sebastián Freire

Escribiste sobre la maternidad desde su lado más incómodo, cuando aún casi nadie se atrevía a hacerlo. Además contaste que Matate, amor surgió en un momento de insomnio y pañales, ¿cuál es el origen de tu última novela, Degenerado?


El proceso de escritura de esta cuarta novela, Degenerado, fue distinto porque se sale de esta triada de primos lejanos, de hermanos del bosque, del campo. No surge de un personaje del que yo escuche su voz o que sienta una empatía al principio, ni de una imagen generadora teatral sino que, hay una dialéctica entre la observación del mundo, de la gente, y más precisamente, del comportamiento de la gente en el campo, en este campo. También de los discursos políticos, las derivaciones ideológicas y políticas de estos tiempos, de la contemporaneidad. Es un libro, quizás, declaradamente político que le declara justamente la guerra a la sociedad, a la ideología de época, a esto en lo que nos convertimos.

Tus tres primeras novelas, que abordan la maternidad desde diferentes madres, son composiciones incómodas y difíciles. Sin embargo se las llama “Trilogía de la pasión”.


En realidad yo no las compuse ni las escribí, ni las llamé posteriormente trilogía, ni trilogía involuntaria, y mucho menos trilogía de la pasión. Son títulos, nomenclaturas o apodos que les impone la crítica, los lectores o la gente que los lee. Y que está muy bien y me parece muy acertado, pero no son nombres que yo le doy a lo que escribo. Siempre hay una distancia imposible de saldar entre lo que piensa el que escribe y lo que piensa el que lo lee, incluso lo que piensa el lector que uno es después de escribir. De todos modos, yo creo que todos mis libros podrían llamarse de la pasión: la pasión amorosa, la pasión erótica, la pasión de la maternidad y la pasión del odio.

¿Qué tan difícil ha sido dar con la voz del protagonista de Degenerado, que, además de tener un discurso retorcido, es un hombre?


Ha sido difícil entrar en la voz, en la mente, en la forma de verdad que maneja el personaje, primero porque es un hombre y segundo porque ha franqueado el límite y ha pasado al acto del crimen. Una cosa es alardear, vociferar o coquetear con la idea del crimen quedándose del lado de los que no son criminales y no merecen ser encarcelados, y otra cosa es pasar al acto. Me parece que componer la voz de un criminal resentido, agobiado, sintiéndose marginado por la sociedad y, a su vez, hombre, era como un cóctel, una combinación muy difícil de canales y zonas oscuras. Pero para mí escribir es eso, tratar de mantener la oscuridad y la luz.

¿Cuál es para ti el peor crimen que se puede cometer?

El peor crimen que se puede cometer es la cobardía. Iba a decir la maldad, pero la cobardía me parece mucho peor.

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