Dicen que el 2020 es un año perdido... O casi como decir que no vivimos el pasado porque no completamos una agenda ¿Qué nos pasa cuando encontramos una agenda vieja? (si es que las conservamos...) Nos enfrentamos a lo que hicimos y a lo que no, a lo que pudimos o dejamos de hacer. El 2020 es una agenda que todavía no se termina.


Hoy encontré algunas agendas viejas, de esas que ya ni me acordaba que conservaba, pero sí, estaban escondidas en una caja que no abría desde mi última mudanza. Cinco agendas de cinco años diferentes.


Por Silvia Demetilla

Ilustración Ana Olivera


Cuando me enfrento a este tipo de hallazgos me ocurren dos cosas: la primera es que me causa cierta nostalgia y soy consciente del paso del tiempo, y la segunda es que, luego de sobreponerme al shock de la primera reacción me entusiasma empezar a hojearlas para descubrir quién era yo por aquellos años.

Las agendas difieren mucho unas de las otrasAlgunas son muy chiquitas y otras muy grandes, como mis expectativas. Varias tienen solapas para guardar notas, están llenas de señaladores, papelitos pegados, fotos, tickets del supermercado, flores secas, dibujitos de mi hija…

Nada me da mayor decepción que encontrar una agenda a medio llenar, con días vacíos, como si no los hubiera vivido: sin turnos, sin encuentros de trabajo, sin clases por tomar. ¿Qué me estaba pasando por esos días? ¿Estaba tan cansada como para no completar sus páginas? ¿Estaría tan ocupada o tan desocupada? Ahora no me acuerdo y hasta da lo mismo…

Pero qué placer me da recorrer agendas, —y en ellas mi propio pasado—, en las que me encuentro con mi letra ilegible en tinta azul de estilográfica. Dicen que la letra refleja el estado de ánimo, la autoestima, la edad…

Al leerme me veo desde afuera, muchas veces sentada en un café, escribiendo lo primero que venía a mi cabeza. Reflexiones propias, frases ajenas o de libros que estaba leyendo, títulos de películas que alguna amiga me había recomendado, anotaciones del Metro, el diario que agarraba en la estación de trenes mientras iba al centro de Londres y que casi siempre estaba plagado de tragedias. Esas agendas son mis preferidas porque siempre hay algún detalle que no recordaba demostrándome lo frágil que la memoria puede ser a veces…

Me da satisfacción leer fechas y hacer un esfuerzo por revivir, aunque sea imaginariamente, ese día de mi pasado. ¿Qué es lo que estaría pensando o sintiendo que me llevaría a escribir tal texto o a hacer esa anotación? A veces logro recordarlo pero, muchas otras, no. El tiempo siguió su curso sin dejar tantas secuelas como yo creía que haría, a pesar de que probablemente sentiría que estaba en un instante crucial o definitorio de mi vida.

O será que, precisamente gracias al paso del tiempo, lo que tenía que sanar sanó, lo que tenía que cicatrizar, cicatrizó. Pero eso no está escrito en ninguna de mis agendas.

Hoy decidí guardar estos diarios de ruta más a mano, porque quiero volver a mirarlos y releerlos dedicándoles un poco más de tiempo. Incluso tal vez, al volver a abrirlos, me de cuenta que esa que escribe lo hacía mucho mejor de lo que yo lo hago ahora y quiera recuperarla/ recuperar(me).

Somos las mismas personas que escribieron en esas páginas, pero es difícil no mirarse con los ojos del presente.

En estos días tan raros nos dicen que el 2020 es un año perdido, no vivido, y yo no estoy tan de acuerdo. Si tan solo pudiéramos atesorar el tiempo de alguna forma, incluso de manera diferente a como lo hacíamos antes, sería bueno de por sí ya que, si podemos contarlo es porque definitivamente lo vivimos.   

Mientras tanto, en algún lugar del mundo, yo continuo sin agenda pero escribiendo las páginas de un año que quedará definitivamente en la memoria.

Gracias a Ana Olivera, que ilustra este texto con un dibujo que hizo en el 2013 y que encontró de casualidad revolviendo agendas viejas.

Silvia Demetilla @silviademetilla
Ana Olivera @um_lazuli


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