El tiempo humano es siquiera el viaje que hace una partícula en apenas una inhalación de la vida. Eso duramos, un guiño, por más interminables que parezcan algunos pesados con delirios de Goliat de este planeta.
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Escribe: Alexis Degrik
Imagen: Silvia Demetilla
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Miro el techo de una habitación a oscuras; nunca nada está tan oscuro. Me sobresalto, me maravillo. Cada vez que un auto surca la calle Bulnes, un reflejo de sus faros, espejado quien sabe cómo, recorre en diagonal la pared frente a mi cama y continúa en ángulo por el techo hasta que desaparece. Sigo el rastro con la vista cada vez hasta su extinción. Nunca nada no desaparece al fin.
Tuve por vez primera una certeza de impermanencia. Nada teórica y muy visceral. Vamos, que sentí por vez primera que me voy a morir. Es como quien incursiona en el beso de otra boca. Muy distinto a cualquier teoría que pase por la mente, una experiencia que transforma para siempre. Harto he disertado conmigo mismo los pormenores del abismo irreversible que implica dejar de existir. Le di tantas vueltas y me dio tantas vueltas que hasta encontré un espacio de aceptación que antes (antes de haber acompañado tantos adioses) me hubiera resultado imposible. Pero esta vez, un simple número lipídico que dio más alto de lo esperado me noqueó sin verlo llegar desde lo profundo de mis propias arterias. No sólo acepto que somos impermanentes, ahora siento que lo soy.
La palabra tiene poder. La palabra de un médico que reviste en un momento el poder de interpretarnos, es un hacha en alto que o nos corta las cadenas o nos parte en dos. A mí, me caló: por primera vez, sentí que podía estar dilucidando el posible desenlace de mi guión. Por más remoto y lejano que pueda sentir el final, un giro inesperado denotó de forma burda que desaparecer es una realidad y no una opción. Sin ninguna poesía y sin decoro, como es la carne: Una sinfonía cósmica y vital, una mágica ingeniería divina, a la vez que un suceso de lo más imperfecto y carente de poética. Donde existe la falla como parte del proceso cíclico que nos monta en escena y nos declina luego. Es el itinerario de la carne y también de la forma.
Quizás importe qué elija. Importará tal vez qué camino decida seguir mi ser y, en su andar, qué historia decida contarme. Desde adentro, sin participación de mi cabeza, que si por ella fuera sabe que la poética y la humanidad son buenos pasamanos de qué asirse. Oportunos pasadizos al corazón de la existencia.
Miro mi existencia. Me pregunto si seremos luces que siguen su curso fugaz o si sólo nos haremos visibles bajo un halo de luz que Alguien dirige por un momento en nuestra dirección. Luego, quizás la columna luminosa cambia de dirección y dejamos de vernos aunque sigamos ahí, fuera de contexto y moviéndonos sin que nadie nos perciba. En completa oscuridad. O en casi completa oscuridad porque los ojos se acostumbran al final. Nunca nada está tan oscuro.
Aquí y ahora, la maravilla son las luces de los autos que aparecen de la nada y dibujan estelas fugaces en las paredes de mi habitación.
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