El papel son las tablas. Sobre él se despliega un teatro donde conversa la tinta, el agua, y sobre todo, la gravedad, esa fuerza inexorable que nos arrastra hacia la profundidad para convertirnos en idea. Todos cargamos con una mancha que necesitamos sacar a la luz, y quienes albergan un bullicio interno encuentran en los roles que asumimos una vía para liberarla. Esos roles son plurales, pero, a menudo, tropezamos con una limitación del lenguaje.
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Por Pedro Mesa
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El posesivo singular de la primera persona, esa insistencia en afirmar yo soy eso, esto es mío, así soy. Si lográramos escapar por un instante de esa prisión lingüística, reconoceríamos una realidad ineludible, que todos somos plurales.
Esa naturaleza múltiple exige una forma particular de observación. Mientras el actor busca en los manierismos ajenos un detalle, un gesto capaz de actualizar la ficción del make-believe, solemos pensar que la mirada del pintor se despliega hacia adentro, hacia las luces y formas que estallan en su mente. Sin embargo, ambas disciplinas comparten una misma disposición, la de observar, la de recoger indicios y transformarlos en acción. Para los actores, acostumbrados a trabajar con la materia prima de las emociones, la pintura puede convertirse en un desfogue sin filtros, un espacio de absoluta autonomía.

Escogiendo un rol para experimentar estas narraciones, podemos recurrir a la estructura tripartita tradicional. En ella, Reminiscence of the first kiss (Recuerdo del primer beso) — izq — ocupa el lugar central del nudo, del conflicto: es la única pieza que reúne dos gestos y dos colores marcados. Son formas acústicas, submarinas que se aproximan sin llegar a reconocerse del todo. Tentáculos ciegos que tantean el espacio e invocan la presencia del otro, la demandan; anémonas o medusas, esas aguamalas cuyo nombre parece contener ya una contradicción. En las acuarelas de Isabela Córdoba Torres, esa libertad se traduce en un movimiento marcadamente teatral, en una sucesión de intensidades que parece conducir cada pieza hacia un climax. El diálogo ya no es entre personajes, sino entre la artista y la materia misma que intervienen en la superficie con una lógica propia. Es fácil imaginar a Isabela caminando sobre las tablas de ese escenario de papel miniatura. Encontrando su lugar, deteniéndose para un monólogo, rodeando la escenografía para activarla y desapareciendo, finalmente, entre las bambalinas. En ese recorrido, en esa búsqueda entre posibilidades innumerables, surgen artefactos capaces de fijar aquello que, en otro contexto, sería efímero. La abstracción se convierte así en un repositorio de alteridades. Rara vez accedemos a la intención pura de quien crea y en cambio, depositamos nuestras propias experiencias en la deriva de las formas y los colores, hasta reconocer en ellas algo que nos pertenece sin haber sido concebido para nosotros.
De las formas principales irradian trazos y líneas que invitan a acercarse, dibujándose sobre las manchas como ecos, trazos de un contacto. Resulta inevitable leer en su encuentro la escala microscópica de un acto amoroso, casi impersonal, semejante a la división celular y a la meiosis. En esta exploración no se trata de controlar el caos y tampoco de someterlo, sino de colaborar con él. La artista establece un pacto con la fluidez del material, semejante al que se produce entre una directora y una actriz. Dirige, propone, orienta y estimula, pero deja espacio que la tinta tome la palabra, para que improvise sus manchas profundas. A veces, el pigmento se estanca y se contiene, como si acumulara fuerzas antes de desencadenar el siguiente movimiento. En otras, se dispersa y se desangra sobre la superficie.
La mirada apenas alcanza a detenerse antes de verse arrastrada hacia otro acontecimiento. Asumiendo el papel de otro tipo de espectador, puedo ver como en Chaos, — derecha — esta dinámica se aproxima a la escena de un crimen. Ante las manchas, me convierto en hematólogo forense, buscando patrones en lo que parece un conjunto de charcos de sangre. La mano de la artista regresa sobre la escena, traza nuevas líneas, altera las evidencias y modifica aquello que parecía haber sucedido. La pintura no representa un acontecimiento concluido, en cambio, lo mantiene abierto, sometido a una infestación irresoluta.


Esa misma intensidad dramática adquiere otra textura en Passion, — izq —, donde la atención se desplaza hacia la granulación del pigmento, que se condensa en la periferia de la acción central. La composición circular concentra la mirada en un núcleo del que parecen brotar pistilos que se extienden hacia las esquinas, mientras la materia se acumula y vuelve sobre el gesto, lo interroga y parece ponerlo en duda. Las veladuras más sutiles, casi transparentes, casi tímidas, terminan por abalanzase sobre el espacio, impulsadas por aquello que permanece sin pintar. Hay aquí una estratificación de momentos, una insistencia en descubrir dónde se oculta la pasión que anuncia el título. La superficie parece resistirse a convertiste en testigo, como si cada capa añadida intentara cubrir o desmentir lo anterior
Y el caos no se resuelve en las pinturas de Isabela, se transforma, de desplaza y encuentra nuevas formas de manifestarse. El papel-escenario da lugar a nuestras contradicciones, tan plurales, y demuestra que pueden coexistir sin necesidad de reconciliarse. Quizá allí vive la potencia de la abstracción, en la capacidad de alojar lo que no sabemos nombrar, pero que reconocemos como propio al contemplarlo. Lo que comienza como un gesto ajeno se convierte en un territorio compartido, un espacio donde las emociones adquieren una existencia material sin quedar sujetas al posesivo singular, a la indemnidad única. La pintura nos permite asistir a esta multiplicidad sin reducirla a una identidad estable, aceptar que somos muchos y que cada uno reclama su turno sobre las tablas. Al final, cuando la tinta se asienta y el agua deja de correr, el papel permanece no como un soporte vacío ni como un escenario que aguarda pasivamente la próxima representación, sino como la materia capaz de recoger las huellas de lo ocurrido y de todo lo que todavía esta por suceder.
Isabela Córdoba Torres es actriz, cantante y artista visual colombiana. Con una profunda pasión por la belleza y una sensibilidad estética muy marcada, ha cultivado una carrera artística rica y multifacética. Vive en Londres.
Sus obras pueden verse en ELA FERIA 2026 LIVERPOOL desde el 7 de octubre al 6 de noviembre en
Belonging, (parte de La Feria 2026)
Unity Theatre
1 Hope Place
Liverpool L1 9BG
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