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Agujeros | Un cuento de Soraya Fernández DF

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Ojo_filmCaminábamos por el tejado y los agujeros caían,  en el agujero más alto observé que puedo matar a las pulgas con mi dedo,  era un agujero tan absurdo, como la ofrenda floral que caminaba. Bajé entre las ramas…  en el agujero del suelo solamente observé ojos e incredulidades.  Contaminé mis oídos al descubrir las frases que se proclamaban.

Un cuento de Soraya Fernández DF*

Los agujeros aparecían en todas las paredes, uno a uno se transformaban, se multiplicaban en el tumbado, en la cama, en los paneles, tocaban notas en los pianos. Podía observar historias – relatos – escenas de humanos , “humanos”,”mundanos” de ciegos y sordos.

En uno de ellos El Padre miró a su hijo y le tendió su mano, su hijo que poco a poco se esterilizaba el alma, se alejaba y alejaba y se mudaba a la azotea.

En otro un corazón explotó, la bomba semi desnuda cortó las cabezas de las flores dejando un camino de pétalos por los difuntos.

En el agujero de mi derecha las cruces se izaban y torturaban, marcaban pieles al rojo vivo, mientras los pequeños uno a uno, en una fila interminable esperaban su turno en  donde les consolaban unas pequeñas borlas atadas a sus zapatos que canturriaban el credo al ritmo de las campanas de una iglesia cercana.

El agujero de la izquierda perdía su interés, se abría y cerraba automáticamente intentando atrapar la sobriedad de los campesinos que labraban el cielo y lo fumigaban con espinas para impedir el paso de las aves. A un lado los aniquiladores de los cerros esperaban pacientemente a tener el banquete listo mientras la lava peinaba sus mejillas en resurrección.

En el agujero de la ventana, vi a un hombre, con un lunar en la sien, en la que el agujero se hizo más profundo, dentro una maquinaria extraña se inutilizó llena de ilusiones paganas e insultos democráticos que cautivaban a una realeza insípida que se apoderaba de la última gota de sensatez que habitaba en la mediática luna de la calle.

Mientras tanto la respiración de un agujero succionaba con estabilidad la vida. La estiraba y la amasaba conteniéndola en una reserva de hidrógeno, un tanque que servía de alguacil a los hiperalérgicos de vida. Este agujero era peculiar, engendraba más agujeros que nunca encontraban sustento en la asfixia , nunca respiraban sin desnudarse, sus ropas caían en cascadas, sus pieles se desvanecían, su sangre brotaba, sus huesos se calcinaban… el esternón solamente se inclinaba al recostarse en sus consuelos…

En el sillón los agujeros salpicaban, bailaban, se subían al carrusel y asistían al circo, en la escena  manejaban al pueblo  las almas en pena vagaban sin entender porqué.

En un agujero cercano los llaveros eran guardianes de las luces y las cajas fuertes, las cuales  roncaban de negro a la humanidad.

En un agujero lejano  una mujer gritaba eufóricamente al Sol:

—¡Sólo podré encantar a la pureza, en la mujer que soy!

Otra a su lado sonreía y lloraba, sonreía sus alegría y lloraba sus debilidades.

En una esquina “el arte” brotaba silenciosa, en su lema decía:

—Las palabras son redundancia.

Los huracanes azotaban los agujeros del jardín, en cada uno de ellos había un hombre que trepaba a un árbol para gritar en su copa ¡su desesperación!  Se agarraba de los pelos en autodefensa,  otros abrían unas ventanillas gruesas de servicio en las  que regalaban bonos de felicidad.

Te llamé, te llamé y tú no me respondías, te había dejado en el tejado, los agujeros no paraban de hablar y allí estabas tú, en el tejado… escuchando aun lo que ya estaba dicho.

*Soraya Fernández DF: Poeta, Escritora & Diseñadora de Modas Independiente. Nació en Quito, Ecuador y vive en Londres. 

 

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