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Premios Turner: Una breve crítica sobre su recorrido

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Neon Rice Field. Vong Phaophanit (1993)

No seré yo el primero en afirmar que si hay algo que caracteriza a los premios Turner, eso es la controversia. Cada año este premio (el más publicitado en los medios del  Reino Unido) aparece de forma intensa en los medios desde que se anuncian los seleccionados hasta el fallo final del jurado. Sin embargo, la gran parte de esta publicidad es más bien crítica con los premios Turner, así como con los propios seleccionados, a quienes se premia por una supuesta aportación sobresaliente al mundo del arte contemporáneo.

Escribe: Gonzalo Montañés Blanco *

     Desde sus comienzos, estos premios recibieron las críticas tanto de especialistas como del público en común, como ocurrió en 1989 con Richard Long, quien fue galardonado por su línea de trabajo más que por una exhibición concreta. También es el caso de Rachel Whiteread, quien el mismo año que ganó el premio Turner fue galardonada con el premio Anti-Turner de la K-Foundation que, parodiando a los premios Turner, premia  al “peor artista británico del año”.

     Si bien en ciertas ocasiones, como en 1993 con el Campo de arroz de neón de Vong Phaophanit, las burlas de los críticos fueron respondidas con cierta admiración por los visitantes, lo cierto es que no podemos negar que, si algo ha conseguido el premio Turner, es crear debate en torno al arte contemporáneo. No obstante, como veremos después, recientemente incluso esto ha sido puesto en entredicho.

     No mucho más tarde, en 1999, pudimos apreciar una cada vez mayor distancia entre el arte de la élite y el arte accesible a la gente corriente, con la nominación subrayable de Tracey Emin y su My Bed (Cama deshecha) (1998), hasta el punto de que Cris Smith, secretaria del Estado en el Ministerio de Cultura llegó a afirmar que los jóvenes artistas británicos estaban dando una mala imagen al país de cara al exterior [1]. La controversia incluso llegó a otros artistas, como Yuan Chai y Jian Jun Chi, quienes saltaron encima de la cama de Tracey e hicieron una pelea de almohadas, a modo de performance.

My Bed. Tracey Emin

     No obstante, es reseñable, y a mi juicio ciertamente positivo, el hecho de que en esta época el premio Turner estaba impulsando nuevas formas de arte, como la instalación y el video arte, con el premio otorgado por primera vez a un artista del video en 1996, Doughlas Gordon. Posteriormente se dan nominaciones como la de la artista de video Sam Taylor-Wood o Tacita Dean en instalación, ambas en 1998, o Steve MqQueen, quien ganó al año siguiente con un video. Todo esto se enmarca en un ambiente en el que muchos críticos todavía eran reacios a aceptar estas manifestaciones como un hecho artístico válido.

     El propio fallo del jurado también ha sido objeto de crítica repetida veces, acusados en varias ocasiones de llevar a cabo una elección anti-democrática en los premios. El nuevo director de Tate Gallery y miembro del jurado de los premios Turner, Nicholas Serota, realizó algunos cambios de cara a una mayor participación del público como una lista de los nominados publicada, así como la posibilidad de dejar los comentarios que deseasen en Tate Gallery en la exposición de los trabajos nominados. Sin embargo, estos hechos no disiparon las dudas que había en cuanto a la validez de los trabajos  expuestos.

     Posteriormente, el premio otorgado a Gillian Wearing por su video 60 minutos de silencio, donde un grupo de actores vestidos de policía debían mantenerse erguidos y quietos, no ayudó mucho a ganarse el respeto de una sociedad que veía al arte alejarse del mundo que lo rodeaba a pasos agigantados, volviéndose difícilmente entendible para el grueso de la población.

     Ya por esos años eran muchos los que tomaban los premios por una broma de mal gusto, como el grupo internacional Stuckist!, algunos de lo cuales aparecieron vestidos de payaso a las puertas de Tate Britain en los premios del año 2000 y en repetidas ocasiones los años posteriores.

     La crítica continuaba atacando la marcha de estos premios. El calificativo de “chorrada conceptual”[2] del entonces ministro de cultura Kim Howells o el graffiti del artista urbano Bansky a las puertas del Tate Mind the crap (“cuidado con la basura”, parodiando la frase “Mind the gap” -cuidado con el hueco, utilizada en el servicio de transporte subterráneo de Londres para avisar a los pasajeros del hueco vacío entre coche y andén) son sólo algunos ejemplos.

     Por aquella época las críticas recayeron de nuevo y muy duramente sobre el jurado, con la periodista Lynn Barber, quien fue miembro del jurado en 2006 y que llegaba a sugerir que los premios se basaban en pactos secretos [3]. Podría seguir citando nombres como Ángela de la Cruz, Marvin Gaye, las imágenes pornográficas de James Richrdsen el año 2014… pero esto no sería sino seguir dando vueltas sobre lo mismo.

     Sin embargo, ha habido otros artistas a lo largo de la historia de los Premios Turner que, a mi juicio, sí merecen cierto interés, y cuya obra, a pesar de adaptarse a las características formales del arte contemporáneo, han sabido mantener la cercanía con el público. Estas excepciones son el caso de Terry Atkinson, artista nominado en 1985, Grayson Pery, ganador del Turner en 2003, los nominados en 2004 Kutlog Altman y Jeremmy Deller, o la instalación de Mark Wallinger State Britain (recreación un escaparate- protesta del activista Brian Haw a modo de protesta por las políticas de cara a Iraq, situado a las afueras del Parlamento británico) entre otros.

State Britain. Mark Wallinger (2007)

     Hablando de forma general, también las ediciones de 2008 y 2009 suponen un cierto cambio con respecto a las anteriores ediciones, con artistas como Cathy Wilkes o Runa Islam. A mi modo de ver, los trabajos de estas dos artistas saben acercarse a un público que no necesita de una explicación para sentirse inquietado por la obra. Ejemplos así parecían marcar un punto y aparte en el camino que llevaban los premios, si bien este cambio en la concepción de las obras no duraría mucho más.

     En 2010 afirmaba Martin Boyce que los Premios Turner formaban parte de un proceso que había conseguido que la gente supiera lo que es el arte contemporáneo, aunque no les gustase o no estuviesen interesados en ello [4]. Desde su perspectiva, el arte del Turner marcaba  por fin una era de aceptación de cara al exterior. Esto como podemos ver es ciertamente discutible.

     Ya en 2013 apuntaba The Guardian (Jones, 2013) que los premios Turner habían “perdido su capacidad para escandalizar a nadie”[5] y, de hecho, en 2014 y durante el trigésimo aniversario de los premios, la falta de debate público e interés general parecía ocupar más espacio que los seleccionados del premio de ese año en las discusiones. Todo parecía indicar que, si los premios Turner querían volver a estar en boca de todos, era necesario un cambio de perspectiva.

     El año pasado, la victoria del grupo Assemble, cuya obra consistía en la rehabilitación y restauración de un grupo de viviendas sociales en Liverpool supuso un punto ciertamente interesante, suponiendo su proyecto, además de un punto de partida en la discusión en torno a la gentrificación, una pieza de carácter y utilidad prácticos para la población para la cual fue concebida. De nuevo, la esperanza de un cambio no duraría demasiado.

Assemble

     Con respecto a los nominados de 2016, (Michael Dean, Anthea Hamilton, Helen Marten y Josephine Pryde) más que volver a discutir qué constituye el arte contemporáneo y si estas obras, de nuevo, pueden considerarse “arte”, creo más obvio y razonable preguntarse si se puede encontrar en estos trabajos algo extraordinario que hable a la gente ordinaria. Probablemente la respuesta aquí sea “no”. Y tampoco hay, a mi juicio, nada rompedor —aunque como era de esperar, los medios ya subrayaron “el culo” de Anthea Hamilton—. Los premios Turner del 2017, una vez más, parecen para muchos incapaces siquiera de romper consigo mismos.

Lichen! Libido! Chasity! Anthea Hamilton (2016)

     Posiblemente, lo que hace que el arte contemporáneo provoque tanto rechazo en la gente común está perfectamente ejemplificado aquí. Como decía antes, es necesaria la venida de un arte que sea capaz de llegar a la gente, de hablar por sí mismo con ella,  idealmente sin necesidad de explicaciones, pero como mínimo abandonando el hermetismo.

Consideraciones finales

     A pesar de haber puesto el acento crítico en obras como muchas de las antes descritas, es un error frecuente por nuestra parte, como público, afirmar con despecho que “todo el arte contemporáneo es una tomadura de pelo”. Este es un error tan grande como el de aquellos que pretenden defenderlo todo, y que se excusan cuando  una obra es rechazada alegando que “muchos grandes maestros no fueron entendidos en su época”. Es decir, que según esta perspectiva, la grandeza de la obra es directamente proporcional al rechazo que genera. Sinceramente, me resulta un razonamiento tremendamente pobre.

     Sabemos que hay arte contemporáneo bueno y malo, pero ¿cuál es la fórmula para diferenciarlo? La respuesta más factible hasta el momento, es que no existe dicha fórmula. No sólo que no exista hoy, sino que probablemente no haya existido nunca. Solemos valorar a los artistas anteriores a la segunda mitad del Siglo XX por aspectos como su técnica, pero recordemos que muchos críticos con Renoir argumentaban que ésto era lo único que tenían sus cuadros, unos cuadros preciosos a primera vista pero sin significado que los sustentase.

     Hasta ahora he mantenido una visión, lo confieso, ciertamente pesimista con respecto a muchos de los aspectos de gran parte de la creación contemporánea, pero no nos confundamos. Con obras como Sin título (Retrato de Ross) (1991), se me hace difícil no ver cómo una de las críticas más feroces del gran público al arte contemporáneo no es en realidad una de sus mayores fortalezas. Hoy “cualquiera” puede ser un artista, ¿cómo puede ser eso algo malo? Las progresivas rupturas con aspectos como la técnica han abierto la puerta a que una buena idea no se vea limitada por una mano torpe o un desconocimiento de las herramientas para ser llevada a cabo.

     Vivimos el momento histórico en el que el ciudadano medio tiene más posibilidades de acercarse a un arte que no precisa de años de técnica si quiere crearlo, ni precisa de un profundo conocimiento de la historia, la religión o la mitología, si lo que busca es entenderlo. La gente se sorprende cuando se lo digo, pero sigo creyendo firmemente que es mucho más fácil entender a Félix González Torres que a Velázquez.

     Pero asimismo debemos procurar que esa misma ruptura no nos haga caer de nuevo en el hermetismo de tantas otras piezas como hemos visto a lo largo de estas páginas, en la despreocupación por dar facilidades para ser comprendidos, sólo para indignarnos después si el público no entiende la obra como nosotros queremos. Si como dicen, en el equilibrio está la virtud, tenemos hoy una de las herramientas más poderosas de nuestra existencia para cuestionarnos como somos, cómo queremos ser, qué vestigio quedará de lo que una vez fuimos, y de que una vez, estuvimos aquí. Usémosla con cabeza, y recemos por las próximas ediciones de los Turner.

* Sobre el autor: Gonzalo Montañés Blanco (España). Graduado en Bellas Artes y estudiante del Máster Universitario en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual en la Universidad Complutense de Madrid.

Biografía

Adrian Searle. The Guardian [Artículo en línea]. 1 de Diciembre de 2014. Duncan Campbell ́s Turner prize winner is more like a lecture than artwork.
Ian Youngs. BBC [Artículo en línea]. 6 de Diciembre de 2011. Profile: Turner Prize winner Martin Boyce.
Jonathan Jones. The Guardian [Artículo en línea]. 3 de Diciembre de 2013. Why the Turner  prize turns me off.
Marie-Claire Chappet. The Telegraph [Artículo en línea]. 20 de Octubre de 2011. The Turner Prize’s most controversial moments.
Nicholas Watt. The Guardian [Artículo en línea]. 31 de Octubre de 2002. Bottom marks for Turner prize as culture minister vents his spleen.
[1] Marie-Claire Chappet. The Telegraph [Artículo en línea]. 20 de Octubre de 2011. The Turner Prize’s most controversial moments.
[2] Nicholas Watt. The Guardian [Artículo en línea]. 31 de Octubre de 2002. Bottom marks for Turner prize as culture minister vents his spleen.
[3] Marie-Claire Chappet. The Telegraph [Artículo en línea]. 20 de Octubre de 2011. The Turner Prize’s most controversial moments.
[4] Ian Youngs. BBC [Artículo en línea]. 6 de Diciembre de 2011. Profile: Turner Prize winner Martin Boyce.
[5] Jonathan Jones. The Guardian [Artículo en línea]. 3 de Diciembre de 2013. Why the Turner prize turns me off.    

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