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La infancia que producimos

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El concepto de producir una infancia parece raro. Ustedes se preguntarán entonces, pero cómo, ¿la infancia no es un proceso natural? Pareciera que a simple vista cualquiera puede diferenciar un niño de un adulto. Pero…

Escribe: Lic. Isabel Marazina
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     En el Siglo XVIII, el concepto de infancia tal como lo conocemos hoy en día, no existía. Philippe Ariès en su alentado trabajo “Historia social de la infancia” nos muestra cómo en esas épocas, los niños eran considerados pequeños adultos. De esto discurre, entre otras cosas, que el trabajo infantil no era visto como una excepción aberrante, sino como una manera de introducir el pequeño adulto a un mundo en el que no pocas veces asumían responsabilidades de jefes de familia desde edades muy tempranas. Y, como suele suceder, el sujeto humano responde a lo que su cultura espera de él.

     Pasó mucho tiempo, y en eso hay que reconocerle su parte al psicoanálisis, antes que se pudiera entender que un niño es algo cualitativamente diferente de un adulto. Recomiendo para quiénes les interese el tema leer el artículo fundamental de Sandor Ferenczi, un extraordinario analista contemporáneo de Freud, donde se refiere a lo que él denomina “la confusión de lenguas”, o sea, la forma en la que un adulto entiende el mundo a diferencia de la manera en la que el niño lo comprendería.

     Si alguno de los lectores de esta columna me acompaña, dirá “ya viene de nuevo con eso de la producción de subjetividades” y tendrá razón. Insisto en que la infancia, así como varios fenómenos con los cuales convivimos, son producciones de la época.

Entonces ¿cómo son los niños de la cultura actual?

     En primer lugar, pienso que debemos entenderlos por un lugar común al fenómeno de la infancia, tal como lo comprendemos hoy.  Los niños viven en un presente sin espacio aun para la percepción del futuro y la intensidad de su presente es enorme. El trabajo de la cultura es poder instalar en el sujeto algo así como un proyecto vital, que incluya las dimensiones del tiempo, del esfuerzo y de la construcción de posibilidades.

     Anclados en una cultura donde el tiempo era marcado por períodos extensos, donde era posible y valorizada su pertenencia a instituciones de largo alcance, los adultos podían, hasta hace poco tiempo atrás, diferenciarse de la percepción de inmediatez que sus retoños experimentaban.

     Actualmente, la percepción del tiempo viene ha cambiado a ritmo vertiginoso.  Recomiendo para esto leer The Corrosion of Character (1999) de Richard Sennet, que trabaja sobre las consecuencias subjetivas de la propuesta a corto plazo en el mercado de trabajo y cómo esto organiza un sistema en los sujetos que choca con los proyectos de largo plazo como el establecimiento de una familia y tener hijos.

     Si los adultos no pueden separarse de la sensación de inmediatez ¿qué podemos esperar de los niños? En mi clínica veo chicos ansiosos sin registro del tiempo de espera imprescindible para llevar adelante su proceso y, muchas veces, oprimidos por un imaginario que les dicta que el éxito sólo se sustenta en los “dones personales”, algo como una visión mágica que separa brutalmente a aquellos que “son” de los que “no son”. A riesgo de caer en la obviedad, es claro que el tiempo impuesto por los adelantos tecnológicos sólo refuerza esta opresión, que se muestra particularmente aguda en los adolescentes.

     Muchos de los síntomas que se manifiestan nos hablan de una falta de esperanza en estos niños, porque la esperanza de encontrar un lugar para sí mismos depende, precisamente, de la percepción de una acumulación sucesiva de recursos en el tiempo dilatado, que nos lleva a una construcción posible.  Esto nos ayuda a entender también la facilidad con que se desiste de proyectos vitales que, como todos los proyectos, implican la sustentación de un esfuerzo sin recibir  resultados inmediatos.

     Los adultos, inmersos en una lógica semejante, acuden a los profesionales de salud esperando que una pastilla mágica resuelva la situación de sus niños, con enormes dificultades de plantearse en otra lógica que los lleve a re-evaluar su implicación y en el síntoma que se presenta. Porque si encontramos agujeros en ese lugar, esta constatación los lleva al “ser” o “no ser” buenos padres, sin la posibilidad de entender que también el lugar de los padres es una construcción permanente y progresiva y que un síntoma puede ser el punto de partida para rever su momento y estado.

     Y lo grave, a mi juicio, es que reciben de algunos profesionales la respuesta a la altura de este imaginario funcional, designando patologías para el niño y medicando la situación. Es verdaderamente alarmante el nivel creciente de niños medicados por psiquiatras que cierran un diagnostico sin soñar siquiera en investigar las condiciones del síntoma.

     Aquí se abre otro gran debate, que no abordaremos en este momento, y que es la gigantesca operación e influencia de la industria farmacéutica y la responsabilidad de la psiquiatría en este proceso. Lo que me interesa es remarcar que los niños que producimos hoy están atravesados por un tiempo acelerado que, de alguna manera, les roba la infancia como tiempo de moratoria vital para la construcción de un sujeto futuro, y esto, sin duda, produce un sufrimiento específico que es necesario reconocer para aliviar y abrir caminos de resolución no necesariamente psiquiátricos.

     Recuerden que sentarse a leer una  historia con calma y sin hora marcada  junto a los hijos hace mucho bien…. a todos.

 

Isabel Marazina, Psicoanalista. Maestra en Psicología Clínica. Analista institucional. Vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina.
Ilustración Vivian Pantoja (Colombia). 

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