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Inma López Silva: La vida nos construye a todos

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Su nombre puede ser aún desconocido para el gran público, de todos modos, la vida de Inma López Silva está vinculada a la literatura y el teatro desde hace años, contando con una amplia producción literaria.
Gallega de nacimiento y residencia, sus novelas han obtenido reconocimiento de crítica y público en su comunidad autónoma, y han sido editadas, salvo contadas excepciones, en gallego. A veinte años de la publicación de su primera novela, y con doce libros en su haber, llega Los días iguales de cuando fuimos malas, una novela, esta vez, con traducción al castellano.

Entrevista: Mientrasleo
Foto: Oscar Martínez
Edición impresa

Los rasgos más llamativos con los que nos encontramos de entrada, son la ilusión y el entusiasmo que despide la autora de Los días iguales de cuando fuimos malas, uno de los libros que van a hacer ruido en este 2017. Editado por Lumen en el mes de enero, la historia relata la vida de cinco mujeres privadas de libertad. Cuatro de ellas son historias entre rejas, pero, hay una quinta voz, la de una mujer llamada Laura, que es funcionaria de prisiones, y que tampoco habla desde la libertad. De este modo, Inma López Silva presenta una reflexión sobre la libertad de la mujer en el mundo y, también, sobre los juicios, a veces más severos que los de los penales, aquellos que la sociedad impone.

—¿Cómo has cambiado en estos veinte años en el mundo literario?
—En realidad, en veinte años es cierto que una crece y se forma como persona, pero, si miras atentamente lo que publicas, y te lees, te das cuenta que hay una serie de te-mas que son una constante, que en mi caso son el feminismo y la construcción personal de los personajes. También se percibe un constante tono personal en el que, casi se puede decir, combino la novela y el ensayo a la hora de escribir.

—Y también un cierto tono de nostalgia en tus letras…
—La vida nos construye a todos. A medida que crecemos nos damos cuenta que, es el pasado el que construye a la persona que somos hoy en día, porque, incluso en el pasado, cuando deseábamos algo, siempre procurábamos que fuera un futuro posible, que tal vez sea hoy.

—Escribir sobre mujeres en prisión, sobre cárceles, ha tenido que ser una elección difícil, una experiencia dura.
—No ha sido muy difícil, pero, emocionalmente, es muy intenso, casi brutal. Era necesario que fuera una cárcel por los temas que quería tocar en la novela. Yo quería escribir sobre la libertad y, también, sobre el mal, pero desde el punto de vista de las mujeres ya que socialmente parecen estar siempre bajo sospecha y, por lo tanto, son menos libres.

—Ha sido una labor de documentación complicada…
—La cárcel era el lugar perfecto porque me permitía ahondar en todo ello, exponer contradicciones y, también, prejuicios, así que me tocó investigar el mundo carcelario y las prisiones. Fue un shock entrar en ese mundo, descubrir experiencias y también la hipocresía social. Es un mundo que apartamos de la vista y lo obviamos como sociedad, como si no existiera. No nos damos cuenta de que, al hacerlo, olvidamos que cualquiera puede acabar allí en un momento dado o tomar una decisión equivocada. Lo carcelario no ha de ser necesariamente malo, pero socialmente miramos hacia otro lado, apartando todo lo que venga de ese mundo, por lo tanto no existe la redención.

—Cuéntanos algo acerca de los personajes…
—En un primer momento hice un llamamiento a amigos y en el entorno para que me contaran historias o me pusieran en contacto con gente que pudiera contarme experiencias de primera mano. Hablé con personas que habían estado en prisión y que no tuvieron reparo en relatarme lo que habían vivido, incluso con crudeza. Después, hablé con funcionarios de prisiones y fui ampliando el círculo. Todas son historias posibles, y eso le da fuerza a la novela. También, la casualidad tuvo su papel, y en este caso, fue que me contactara un interno de una prisión en la que se hizo un club de lectura y con el que mantengo una correspondencia, una amistad.

—Entonces ¿dónde queda todo eso de que humanizamos a los presos?
—Lo cierto es que investigando para la novela descubres que, como sociedad, estamos seguros de que nosotros no vamos a pasar por algo así. Y esa altanería hace que nos distanciemos de estas personas incluso cuando salen. Estas mujeres privadas de libertad, de relacionarse con sus familias y sus seres queridos, son anuladas socialmente como personas y descubren la verdadera soledad al salir, que siguen estando solas, abandonadas en muchos casos. Personas que ya han cumplido una condena descubren que hay otra después, la condena social, y que tal vez nunca terminen de cumplir porque la sociedad no está preparada para recibirlas.

—Hay un ejemplo de juicios complicados, es el de Sor Mercedes, esa monja que termina en prisión, un personaje tremendo.
—El personaje de Sor Mercedes era necesario. Yo diría que tiene, incluso, algo de sofismo en su concepción. Está claro que el bien y el mal son un concepto relativo y, en este caso, no me interesaba sólo el plano religioso.

—Entonces, ¿qué es el mal?
—La novela habla del límite del daño. Y es, en sí, el daño hacia los demás. También habla de historias posibles. Es decir, es una novela de ficción, no testimonial, pero hay, en una de estas mujeres, varias historias que yo conocía; hay otra que, aunque no tuve de base a nadie, me con-tactaron para preguntarme si hablaba de un caso en par-ticular.

—Una novela sin hombres apenas, ¿hablamos de una novela de mujeres o de una novela para mujeres?
—Una novela de mujeres, sin duda. No me gustan las etiquetas. En Los días iguales de cuando fuimos malas intento mostrar ese punto de vista femenino, la fortaleza y su lucha, y creo que puede ser muy interesante para un hombre leerlo.

*Mientrasleo: Blog de critica literaria. Periodista colaboradora de La Tundra Revista.

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