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Balada para un loco: Un relato parisino

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Paris | Foto: S.Demetilla

Paris | Foto: S.Demetilla

Hace ya bastantes días que transito el metro parisino. A veces voy escuchando música, a veces leyendo y otras tantas dormitando, como hacía en Buenos Aires. Pero la mayoría de las veces voy pensando en que tengo que escribir de él: más allá de sus interminables túneles para conexiones, sus cantidades de salidas, su infraestructura que aún no me entra en la cabeza, además de eso, hay una simbiosis que me espanta y me enceguece.

Escribe: Yohena Martínez*

Cuando voy por el metro en París me siento una “usurpadora de rutinas”. Porque el metro a las nueve de la mañana o a las cinco y  media de la tarde tiene un ritmo, un ritmo de city. Un ritmo que lo marca el señor que me cruzo en monopatín, el músico con el acordeón y los tipitos que están para prevenir tumultos en la Línea 13. Y yo ahí. Si me ven o no, da igual. Pero estoy en su rutina. En sus “todos los días iguales vaya a saber desde cuándo y hasta cuándo”; estoy ahí y eso me descoloca. Me siento una invisible entrometida que nada va a hacer pero que hoy está ahí, haciendo de extra en sus rutinas. Un bolo.

Pero el otro día se metieron en mi rutina de meterme en la rutina de la gente. Me descolocaron, me dieron diálogo y, por un momento, salí de mi papel de extra.

Subí al metro para volver a casa el miércoles pasado y me encontré dentro de él a un señor, digamos de cinco décadas. Era de esos loquitos a los que vaya a saber cuántas vidas pasaron por su cuerpo, cuántas cosas le sucedieron y cuántas no, quizás tenía 35 ó 62 todo depende de cómo los llevó o de cómo los años lo llevaron a él. Igual, no importa.

Mi loquito estaba con una corbata improvisada, algo que parecía como un chaleco y un abanico de papel de revista en la mano con el cual se paseaba enérgicamente por el final de uno de los vagones limpiando los asientos y alrededores. Estaba abocado a una limpieza verdadera de los últimos seis asientos (enfrentados tres y tres) en la cola del vagón donde yo había subido. Pasaba su plumerillo por las paredes, los asientos, cerraba las ventanas, juntaba los papeles de debajo de los asientos y los iba sacando en cada estación cada vez que se abría la puerta. Era un loco lindo, prolijito. Se ve que estaba ordenando su casita, y, como todos, quería encontrar la comodidad del hogar para descansar. Tenía algunas pertenencias consigo: un bolso con vaya a saber si ropa, revistas o artículos de colección y una pelota de básquet. Sí, una pelota de básquet con la jugaba justo al momento en que me subí y luego la dejó al costado para ordenar la casita.

Lo habré estado mirando las dos primeras estaciones, luego volví a mi mundo y mi cansancio. Pero de cuando en vez era inevitable volver a verlo. En una estación sacó una botellita de cerveza que había encontrado y la dejó a un costado del andén. En la siguiente estación hizo lo mismo y luego lo vi correr del lado de afuera, a la par del metro, queriendo entrar pero las puertas ya se habían cerrado. Mierda. El tipo no tenía nada más que su lugar limpio en el vagón, el bolsito y la pelota; y los había perdido.

Una señora que estaba en el vagón interrumpió los silencios de todos y comienzó a buscar feed-back “Pobre, a este metro no se va a poder subir, ¿qué hacemos con sus cosas? ¿las bajamos en la próxima?”

Al fin la mujer logró romper el hielo que había en el metro como si fuésemos todos nenitos de sala de tres años en su primer día de jardín con un miedo terrible a hablar. “Pero capaz que no las ve en la primera. Mejor dejémoslas en la terminal. Quizás haya alguien de seguridad a quién se le pueda avisar”. Pobre, pobre loquito. Pero que difícil, yo quería razonar como “loquito” para tratar de saber qué era lo mejor para que él se reencuentre con sus cosas, cuáles serían sus pasos a seguir.

Me tocó el turno de bajarme, y a la mujer promotora del reencuentro también. Comenzó a preguntar quién se bajaría en la última estación (la siguiente) y sería tan amable de bajar las pertenencias del loqui. En el vagón había aún varias personas y obviamente TODOS bajarían en la próxima pero sin embargo la que contestó fue una mujer vestida cual película de los años sesenta, toda una dama de rulos bien armados, sombrero y maquillaje importante, prolija e impecable. La señora promotora entonces sugirió que tal vez uno de los señores la podría ayudar. Mientras escuché todo esto, mi inercia cuasi sonámbula de la una de la madrugada me hizo bajar del metro y en eso, cuando salí por una puerta y vi a la mujer que se bajaba en la misma estación que yo estaba aún adentro, me apresuré hacia otra de las puertas y me lance a tocar el botón que la abriría, pero ya no respondía a mi señal, estaba cerrada. La mujer se dio cuenta de la secuencia; nos miramos y no pude más que decirle “désolé” (lo siento) aunque mi cara más bien decía “¡no te la puedo creer!”.

Si hubiesen visto la cara de esa mujer que estaba intentando ayudar al señor que por loquito se quedó afuera del metro y lejos de sus pertenencias; y que ahora ella se quedaba dentro del metro por intentar ayudarlo, finalmente siendo sin duda ella misma la que bajaría los bártulos del loquito. Insisto, si hubiesen visto su cara…

Si bien ésta escena podría dejarnos con la moraleja de “no te metas”, a mí me deja la alegría de los rostros del loquito y la loquita, me deja las ganas de volver a participar de cosas así, de una divertida vuelta a casa. Pero, sobre todo, me deja la fabulosa sensación de final abierto donde quizás estos loquitos se encontraron, quizás la señora lo esperó en la terminal para asegurarse que sea él quien se lleve sus cosas, quizás la señora lo vio desde el metro en su vuelta a la estación que le correspondía pero sin poder decirle nada del paradero de sus cosas, y otra vez esa cara de la señora…

Y así sería fabuloso pensar que la vida es un interminable baile, con pasos de comedia.

Yohena Martínez (Argentina), vive en Londres. Publica sus relatos en La Tintorería

 

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