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Agente Secreto | Un cuento de María Eugenia Bravo Calderara

Agente secreto

Agente secreto

¿Qué hay detrás de un sobre nombre ? ¿Qué o quién lo define?

En mi caso, el más querido de todos mis nombres nació cuando yo estaba dejando atrás los últimos días de la infancia. Me lo puse a mí misma, a ratos como una máscara, en otros como un reto o quizás una armadura. En cualquiera de los casos, este apodo me parece, sirvió de defensa como las murallas de una ciudadela a una personalidad en formación.

Un cuento de María Eugenia Bravo Calderara
Primer Premio del Concurso de cuentos cortos organizado por el Centro Salvador Allende de Londres | 2013

El nombre en cuestión se forjó bajo la influencia de algunos libros de aventuras, y extraído de relatos serializados que había leído en la revista infantil El Peneca. Esta publicación, mi revista favorita, salía a la venta en el día más esperado de la semana, o sea los viernes. Todavía me parece sentir el estado de inquietud en el que entraba los jueves por la noche, y recuerdo el cosquilleo en el cuerpo que en mi producía el estado de anticipación, ante la esperada publicación. La revista recién adquirida olía a papel nuevo y crujiente mientras la colorida cubierta, atractiva y olorosa a tinta de imprenta, mostraba escenarios exóticos que invitaban a los viajes de la imaginación.

Los viernes por la mañana, me levantaba al alba para correr al kiosko que estaba en la esquina de Manuel Montt con Providencia, para comprar el correspondiente Peneca, y asegurarme, de su valiosa posesión antes de que la edición se agotara. El sobre nombre que elegí para mí, provenía tal vez, de las correrías de Sexton Blake, quien me había maravillado con los poderes deductivos de su inteligencia, cuando investigaba pequeñas pero no menos importantes transgresiones, de alguno de sus condiscípulos. Blake era inglés, y su colegio funcionaba en un imponente edificio similar a un castillo medieval lleno de recovecos, torrecillas, rincones ocultos, y puertas escondidas que daban a pasajes secretos. Se trataba de un lugar, que en mi imaginación se transformaba constantemente, ayudándome de paso a olvidar, la fragilidad de las bases de mi propia existencia.

Detrás de el alias escogido se ocultaba una chica temerosa, que pretendía conseguir de algún modo llegar a ser fuerte y valiente. Desde sus comienzos este apodo nació unido a la existencia de una logia secreta, cuya finalidad era la de hacer justicia. De modo que el nombre aquel, me transformaba de inmediato en un especie de agente vengador, similar a los personajes de las historias que traían el Peneca y la revista Fausto. Mi hermano Alejandro y yo, teníamos prohibida la lectura de la revista Fausto, que era consideraba por mi madre no apta para niños. Está demás decir, que tal dictamen exacerbó nuestro interés por la lectura de dicha publicación, la cual hacía las delicias del personal doméstico. La necesidad de conseguirla, nos llevó a cultivar una poco usual, pero claramente interesada amistad, con las empleadas domésticas de las casas del vecindario. El Fausto traía fascinantes historias por entregas.

En sus páginas me topé por primera vez con Ana Karenina, Los hermanos Karamazov y el Fantasma de la Ópera. Con la lectura del Fausto fue quedando atrás Sandokán con los tigres de la Malasia, Quintín el Aventurero con su famoso hidroplano y aquel perro con el que todos los niños de Chile soñábamos por aquel entonces, que se llamaba Corazón Valiente. Mi alias suponía la existencia de una organización al estilo del FBI o del MI5, por lo que cuando años más tarde apareció en los cines, la figura de James Bond, este personaje no logró sorprenderme, pues mi propio agente secreto vengador, le había superado con creces en mi imaginación.

Para mí, K 29, sería siempre insuperable. A K 29 le correspondía como a Don Quijote ‘desfacer entuertos’, luchar de manera implacable contra los fascinerosos responsables del mal en el mundo y enfrentrase sin temores a los poderosos ‘molinos de viento’ . No en vano, K 29 era considerado por sus enemigos El Terrible. Con mi hermano Alejandro, fuimos dándole forma a K 29 quien representaba la culminación de un ideal heroico. Esto significó por aquellos años, entregarse a ciertas prácticas secretas por las cuales poníamos a prueba nuestra voluntad. Alejandro había elegido para él, el alias de el Zorro y ambos, con reloj en mano, competíamos para descubrir cuál de los dos soportaba por más tiempo tener un dedo quemándose al calor de la llama de una vela, o, quien se atrevía a hacerse con un cortaplumas o cuchillo un corte en la piel hasta sangrar.

Otras veces, los desafíos consistían en un ‘a que no te atreves a treparte hasta la copa de ese árbol’, o, ‘apuesto a que eres un gallina y no te animas a saltar ese canal por la parte más ancha y más honda’, o ‘seguro que te mueres de miedo de trepar ese muro’. Cada prueba que el Zorro y K 29 efectuaban era una confirmación de avances realizados en la conquista del dífícil control de uno mismo; del desarrollo de una cierta capacidad para enfrentar el miedo, y superar el terror a la sangre y a el dolor físico. Corríamos cada día con la finalidad de llegar a ser veloces; se nos hizo una costumbre trepar muros lisos o subirse a los tejados con la exclusiva ayuda de las uñas y dedos, mientras se rompían las ropas a la altura de los codos y de las rodillas. Nuestras piernas y brazos lucían las muestras de las azañas acometidas que aparecían transcritas en el cuerpo en arañazos, heridas frecas, costras y cicatrices.

Muchos años más tarde, desde la infancia resurgió K 29 de la manera más inesperada. No se trataba de una broma, sino de algo muy serio, y por lo tanto no pude mencionarlo. Estuve obligada a dejarlo en la sombra ayudándome a resistir, tal como lo había hecho en otras oportunidades casi olvidadas ya. El Capitán Pinto, a cargo de aquella brigada de esbirros expertos en torturas que operaban en el Cerro Chena y que dirigía el interrogatorio, me conminó con voz de trueno a que confesara ‘el rango y el número, que como soldado –se suponía– me correspondían’.

“¿A qué se refiere Capitán?’’ le respondía yo con una voz que se ahogaba debajo de una gruesa capucha que me cubría la cabeza.

‘’A su rango militar y al número que todo soldado tiene’’, decía el Capitán, cada vez más irritado. Como por aquel tiempo me ganaba la vida como docente, haciendo clases de estética en la universidad, aquel interrogatorio me pareció un intercambio entre dementes y que alguien lo desmienta y me diga si aquello no era surrealismo puro.

‘’Pero Capitán, –le contestaba yo a punto de perder el sentido bajo los efectos de los shocks eléctricos que invariablemente acompañaban a sus preguntas– Usted sabe que yo soy civil, que no soy soldado y que nunca lo he sido y que no tengo esas cosas que me pide’’. Mientras tanto, en mi interior, una voz familiar y antigua, la de K 29 me sussurraba al oído, ‘’No le contestes ninguna cosa a este tarado. Sea verdad o sea mentira. A este imbécil solamente hay que mentirle. Miéntele al cabrón. Que este huevón de mierda jamás se entere de cuanto sabes, ni en realidad quién eres’’.

Durante más de tres décadas, el Zorro envió cartas a mi domicilio londinense dirigidas al Terrible K 29. Igualmente, Zorro, acostumbraba llamarme en fechas señaladas, aunque en estos últimos dos años tanto sus cartas como sus llamadas han cesado. Recuerdo su querida voz alegre y urgente diciendo: ‘’¿Aló? ¿Aló? ¡Aquí el Zorro llamando a K 29, El Terrible! ¡Hermana! ¿Cómo estás? ¡Feliz cumpleaños!

Sobre la autora: María Eugenia Bravo. Master y Doctorado en psicología y filosofía.

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